Me es imposible recordar la hora en que sucedió… La noche trazaba sobre el parque un manojo de siluetas negras… La sequía se había retirado y era aquel día el décimo de la inundación que la sucedió. El agua había paseado por los barrios los más diversos objetos. Cuando padecí la sensación extraña de alguien llamándome estaba ya inmersa en el lodo revuelto de la calle. Debatiéndose entre las blancas espumas una bolsa negra insistía en atracarse a unos centímetros de mis pies. Fiel a mi curiosidad sempiterna la recogí presurosa. Odio los nudos por ello rasgué a manotazos la envoltura que desnudó una extraña maleta de cartón, antigua y desvencijada. A pesar de la debilidad de su cuerpo y las roturas de la bolsa, estaba intacta.
Hubiera jurado que misteriosos aullidos ancestrales escapaban por lo que con extremo cuidado la abrí. Dentro de varias capas de telas coloradas desempolvé dos libros muy viejos. Claramente sus cubiertas dejaban ver la forma de dos cruces_ una por cada libro_ sin embargo, habían sido reemplazadas por dos… ¡serpientes!
Pero… ¿quién podría sustituir dos símbolos sagrados por un par de ofidios en aquel pueblo de conservadores habitantes sumamente creyentes y observadores de las reglas divinas? ¿Qué fin llevaría semejante sacrilegio? ¿Quizá el poseedor de ambos libros había cambiado su devoción al buen Dios por el maldito Demonio?
Durante varios días les dediqué una contemplación exhaustiva hasta que al fin tomé por una de las calles del parque y decidí abandonar los dos libros a un costado del lago, dado que era el destino interrumpido. Hasta que la realidad me hizo pegar un sobresalto mientras las garras de la angustia quemaban mi pecho. Una de las serpientes adosadas a la tapa del libro gris_ el otro era negro_ cobró vida estirándose hasta alcanzar unos dos metros. Incrédula ante el espectáculo y azorada, caminé hacia atrás… En ese instante la serpiente logró erguirse y en actitud desafiante enfrentó mis ojos a la altura de ellos, luego se dirigió hacia el lago y se perdió de vista. La niebla se vistió rápidamente de un azul eléctrico y con el extraño ser se hundió una tormenta surgida de la oscuridad.
Observé el otro libro y como pude pues mis fuerzas menguaban, me dirigí nuevamente hacia mi caballo que enloqueció tumbándome en el suelo. Otra serpiente sin cabeza se contorneaba enredada en sus patas. Hasta que víctima y victimario desaparecieron.
Acaso… un simple poblador de aquel apacible poblado pudiera suponer siquiera la existencia de actos de magia negra…
***
Un viento helado lo sacudía todo… el agua revuelta cubría las afiladas piedras que me abrieron varios tajos. Mientras empapaba mis heridas en agua oxigenada fui por los papeles a los que había restado importancia en un principio.
Ahora lo veía: las firmas estampadas en el libro provenían de un funeral, mejor dicho, de dos. Con impaciencia rasgué cada sobre, leí y adiviné cada garabato… Papeles amarillos, firmas delicadas nacidas de una buena pluma embriagada en tinta azul o negra… ¡Imposible! ¡Los funerales de mi mayor adversario político y su señora! ¿Por qué el agua los había traído hasta mi puerta? ¿Se trataba de espíritus? ¿Qué querían decirme aquellos papeles y qué reclamaban esos espíritus?
Perdí la noción del tiempo. Cientos de noches desperté empapada en transpiración convencida de que la casa se había llenado de serpientes, encendía la vela y lo único que encontraba como testigo de mi locura era la maleta de cartón presa de telarañas.
Decidida a acabar con aquella pesadilla decidí dormir. Pero el incesante golpeteo en la ventana de un cuervo dio por el piso con la iniciativa. Cuando me dí cuenta de que aquel pajarraco deseaba que lo siguiera ambos hacíamos el camino al viejo basurero. No tenía idea sobre lo que buscaba más el cuervo se detuvo frente a una montaña de desperdicios. Por horas desarmé paquete a paquete nauseabundo. Hasta que la brillante superficie de un cofrecillo brotó entre los resortes de lo que debió ser un mullido sillón… en su interior contenía las dos cruces que seguramente pertenecieron a los libros que devolví a las aguas encrespadas de la inundación más un frasco conteniendo un extraño envoltorio. Quitadas las cintas una cabeza de serpiente mantenía expectante la mirada ahogada en un líquido azul. La noche fue testigo de cuanto desespero llevaba aquel cuervo atravesando las distancias por llegar al cementerio. Donde pude oír la voz que le recomendó llevar al lago la cabeza de serpiente, seguida de escalofriantes silbidos. Bajo un tenue resplandor sorpresivo de una luna herida la serpiente sin cabeza se incorporó desde la profundidad abismal, así como su compañera… Pude observar la metamorfosis de ambas al emerger y caminar por la superficie mojada al mismísimo hombre del gobierno y su también difunta, esposa.
Cuando les vi dirigirse al recinto de gobierno nada pude hacer. Nadie me oyó. Olvidé los pies sangrantes, mis ropas hechas jirones… Grité y grité hasta perder la voz pero el pueblo había olvidado y caminaban como autómatas dispuestos a festejar como asumía un traidor. Aquel hombre había muerto hacía añares al igual que ella, sin embargo, regresaban vaya a saber con qué fines… Al otro día creó una ordenanza donde se exigía que los vecinos matasen a todas las serpientes de la zona y que sus cabezas fueran separadas de sus cuerpos y ocultadas. Prácticamente desnuda bajo un temporal descomunal, presa de la fiebre y el cansancio arrastrándome llegué a la puerta de mi casa y volví a sentir los ruidos que tantas noches me despertasen. Me recosté en el sillón. La noche acabó de caer sin misericordia; chirriaron las bisagras de mi única acompañante en la sala: la antigua maleta. Aterrorizada fui testigo de como comenzó a abrirse y cientos de serpientes fueron escupidas en fatal procesión. Algunas se abalanzaron sobre mí...
Hubiera jurado que misteriosos aullidos ancestrales escapaban por lo que con extremo cuidado la abrí. Dentro de varias capas de telas coloradas desempolvé dos libros muy viejos. Claramente sus cubiertas dejaban ver la forma de dos cruces_ una por cada libro_ sin embargo, habían sido reemplazadas por dos… ¡serpientes!
Pero… ¿quién podría sustituir dos símbolos sagrados por un par de ofidios en aquel pueblo de conservadores habitantes sumamente creyentes y observadores de las reglas divinas? ¿Qué fin llevaría semejante sacrilegio? ¿Quizá el poseedor de ambos libros había cambiado su devoción al buen Dios por el maldito Demonio?
Durante varios días les dediqué una contemplación exhaustiva hasta que al fin tomé por una de las calles del parque y decidí abandonar los dos libros a un costado del lago, dado que era el destino interrumpido. Hasta que la realidad me hizo pegar un sobresalto mientras las garras de la angustia quemaban mi pecho. Una de las serpientes adosadas a la tapa del libro gris_ el otro era negro_ cobró vida estirándose hasta alcanzar unos dos metros. Incrédula ante el espectáculo y azorada, caminé hacia atrás… En ese instante la serpiente logró erguirse y en actitud desafiante enfrentó mis ojos a la altura de ellos, luego se dirigió hacia el lago y se perdió de vista. La niebla se vistió rápidamente de un azul eléctrico y con el extraño ser se hundió una tormenta surgida de la oscuridad.
Observé el otro libro y como pude pues mis fuerzas menguaban, me dirigí nuevamente hacia mi caballo que enloqueció tumbándome en el suelo. Otra serpiente sin cabeza se contorneaba enredada en sus patas. Hasta que víctima y victimario desaparecieron.
Acaso… un simple poblador de aquel apacible poblado pudiera suponer siquiera la existencia de actos de magia negra…
***
Un viento helado lo sacudía todo… el agua revuelta cubría las afiladas piedras que me abrieron varios tajos. Mientras empapaba mis heridas en agua oxigenada fui por los papeles a los que había restado importancia en un principio.
Ahora lo veía: las firmas estampadas en el libro provenían de un funeral, mejor dicho, de dos. Con impaciencia rasgué cada sobre, leí y adiviné cada garabato… Papeles amarillos, firmas delicadas nacidas de una buena pluma embriagada en tinta azul o negra… ¡Imposible! ¡Los funerales de mi mayor adversario político y su señora! ¿Por qué el agua los había traído hasta mi puerta? ¿Se trataba de espíritus? ¿Qué querían decirme aquellos papeles y qué reclamaban esos espíritus?
Perdí la noción del tiempo. Cientos de noches desperté empapada en transpiración convencida de que la casa se había llenado de serpientes, encendía la vela y lo único que encontraba como testigo de mi locura era la maleta de cartón presa de telarañas.
Decidida a acabar con aquella pesadilla decidí dormir. Pero el incesante golpeteo en la ventana de un cuervo dio por el piso con la iniciativa. Cuando me dí cuenta de que aquel pajarraco deseaba que lo siguiera ambos hacíamos el camino al viejo basurero. No tenía idea sobre lo que buscaba más el cuervo se detuvo frente a una montaña de desperdicios. Por horas desarmé paquete a paquete nauseabundo. Hasta que la brillante superficie de un cofrecillo brotó entre los resortes de lo que debió ser un mullido sillón… en su interior contenía las dos cruces que seguramente pertenecieron a los libros que devolví a las aguas encrespadas de la inundación más un frasco conteniendo un extraño envoltorio. Quitadas las cintas una cabeza de serpiente mantenía expectante la mirada ahogada en un líquido azul. La noche fue testigo de cuanto desespero llevaba aquel cuervo atravesando las distancias por llegar al cementerio. Donde pude oír la voz que le recomendó llevar al lago la cabeza de serpiente, seguida de escalofriantes silbidos. Bajo un tenue resplandor sorpresivo de una luna herida la serpiente sin cabeza se incorporó desde la profundidad abismal, así como su compañera… Pude observar la metamorfosis de ambas al emerger y caminar por la superficie mojada al mismísimo hombre del gobierno y su también difunta, esposa.
Cuando les vi dirigirse al recinto de gobierno nada pude hacer. Nadie me oyó. Olvidé los pies sangrantes, mis ropas hechas jirones… Grité y grité hasta perder la voz pero el pueblo había olvidado y caminaban como autómatas dispuestos a festejar como asumía un traidor. Aquel hombre había muerto hacía añares al igual que ella, sin embargo, regresaban vaya a saber con qué fines… Al otro día creó una ordenanza donde se exigía que los vecinos matasen a todas las serpientes de la zona y que sus cabezas fueran separadas de sus cuerpos y ocultadas. Prácticamente desnuda bajo un temporal descomunal, presa de la fiebre y el cansancio arrastrándome llegué a la puerta de mi casa y volví a sentir los ruidos que tantas noches me despertasen. Me recosté en el sillón. La noche acabó de caer sin misericordia; chirriaron las bisagras de mi única acompañante en la sala: la antigua maleta. Aterrorizada fui testigo de como comenzó a abrirse y cientos de serpientes fueron escupidas en fatal procesión. Algunas se abalanzaron sobre mí...
Poco puedo decir sobre cuánto me hicieron pues ya no tengo dedos, apenas me defiendo con estos dos colmillos y debo huir lo más rápido que pueda… El agua arremolinada trae los pasos de los cazadores de serpientes del Alcalde… Puedo sentir sus hachas tirando la puerta y las ventanas… sin embargo, una de nosotras ha logrado escapar por el fondo, huye hacia el lago… Alguien... ¿alguien ve la maleta? Tal vez si me escondo dentro de ella... Tal vez...
IRÉ AGREGANDO LOS RELATOS QUE CONFORMAN ESTA PRODUCCIÓN DE A UNO.... ES BUENO QUE SEPAN QUE SON ESPONTÁNEOS, VAN SIN CORRECCIÓN TAL CUAL ESTA AUTORA VA PENSÁNDOLOS... Y POR ELLO A MEDIDA QUE SE ME OCURRA UN RELATO SURGIRÁ, LES RECOMIENDO SI DESEAN TENERLOS, SUSCRIBIRSE, LO QUE ES TOTALMENTE ANÓNIMO INCLUSO PARA MÍ. AL MENOS NUNCA PUDE ENTERARME QUIÉNES ERAN MIS SUSCRIPTORES DE OTROS BLOGS. GRACIAS POR SUMERGIRSE EN ESTAS EXTRAÑAS AGUAS.
PRÓXIMO RELATO: EL ESPECTRO DE PLATA.

0 Responses to "LA MALETA"
Publicar un comentario