Cuando la pequeña Maikar estuvo seis días y siete noches sin hablar mirando hacia el cielo, acurrucada en un rincón y temblando habían pasado más que las siete plagas por el pueblo; fueron tantas que se registraron en el Libro del Pasado… solo hubo tiempo para detallar la invasión de langostas, es decir, la última. ¿Tanta desgracia podía traer a un lugar la sequía? Del sitio que hablamos la respuesta es sí ya que su principal hija se llamó Miseria. Desde entonces todo se volvió extraño, mágico, misterioso… Seres, paisajes… los hechos no tenían causas pero demasiadas consecuencias sobre el puñado de valientes que se quedó a convivir con ellos y a pesar de ellos. La mayoría de los adinerados había huido, solo quedaban unos pocos cuyas historias serán narradas en momento oportuno. Cada uno de estos de acuerdo a los escribas responsables de las Últimas Crónicas retuvieron oscuros motivos para quedarse en lo que se había vuelto un páramo acosado por acontecimientos inexplicables y pestes bajo la inclemencia del tiempo.
La madre de la pequeña Maikar trajo a todas las agoreras mas ninguna tuvo respuesta para aquella conducta. Es que la respuesta la tenía la misma niña, así lo entendieron cuando una noche de luna gorda, tremendamente llena, caminó hacia las arboledas del fondo del parque. Una procesión de mujeres alumbradas por antorchas le siguieron. A distancia. Hasta que una de ellas recomendó apagarlas. Fuere lo que fuere se protegía en las tinieblas.
La niña caminó y caminó sin destino de árbol a árbol como si buscase algo cuya dirección no recordaba, rasguñó la tierra en varias partes, cruzó los hilos de agua como autómata. Frente a una gran piedra_ fiel testigo de todas las edades_ se arrodilló. Las voces se hicieron nítidas. Fuertes y lastimosos llantos de criaturas repetían “queremos vivir” “queremos vivir”. La pequeña Maikar los veía y les sonreía, a las mujeres de la aldea les eran invisibles. De golpe un helado silencio lo cubrió todo, la niña corrió aterrorizada a esconderse…
Persignándose, tapándoles la boca a las más asustadizas, niñas, jóvenes y las más viejas huyeron cuando la vieron. ¡Era verdad! ¡Existía! Tendieron la vista en medio de la oscuridad y allí, a unos pasos… (continuará)
La madre de la pequeña Maikar trajo a todas las agoreras mas ninguna tuvo respuesta para aquella conducta. Es que la respuesta la tenía la misma niña, así lo entendieron cuando una noche de luna gorda, tremendamente llena, caminó hacia las arboledas del fondo del parque. Una procesión de mujeres alumbradas por antorchas le siguieron. A distancia. Hasta que una de ellas recomendó apagarlas. Fuere lo que fuere se protegía en las tinieblas.
La niña caminó y caminó sin destino de árbol a árbol como si buscase algo cuya dirección no recordaba, rasguñó la tierra en varias partes, cruzó los hilos de agua como autómata. Frente a una gran piedra_ fiel testigo de todas las edades_ se arrodilló. Las voces se hicieron nítidas. Fuertes y lastimosos llantos de criaturas repetían “queremos vivir” “queremos vivir”. La pequeña Maikar los veía y les sonreía, a las mujeres de la aldea les eran invisibles. De golpe un helado silencio lo cubrió todo, la niña corrió aterrorizada a esconderse…
Persignándose, tapándoles la boca a las más asustadizas, niñas, jóvenes y las más viejas huyeron cuando la vieron. ¡Era verdad! ¡Existía! Tendieron la vista en medio de la oscuridad y allí, a unos pasos… (continuará)
